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En la casa nunca hubo relojes. El tiempo era una sucesión de acciones rituales que se iban desgranando lánguidamente durante la vigilia que une (o separa) la noche del dÃa.
Cada objeto definÃa su espacio y utilidad en relación a todo lo que lo rodeaba. Dadas las circunstancias, la ruptura, pérdida e, incluso, ingreso de cualquier elemento a ese intrincado sistema simbólico equivalÃa al caos, al quiebre de la frágil sintaxis que suponÃa ese cosmos.
Varias veces habÃa tenido que recomponer los pedazos de ese mundo devastado por la simple llegada de una carta o por el hecho de tener que sacar la bolsa de residuos...
Con el tiempo se acostumbró a resignificar cotidianamente su realidad inmediata. Aguzó los sentidos hasta el extremo para prever y solucionar cualquier cambio.
Sus últimos años fueron una sucesión de instantes ralentados por el simple hecho de su transcurso: progresivamente el tiempo fue una nueva variable y cada segundo que pasaba demandaba otro de recomposición.
A través del vidrio sucio, un haz de luz revela las partÃculas de polvo en suspensión. Desde su muerte, la habitación ha cambiado como si ese hecho hubiera modificado también la relación que hasta entonces mantenÃan los objetos entre sÃ. Ese recorte de partÃculas de polvo en movimiento resulta extraño a este espacio ahora ajeno a toda movilidad. Sin su presencia esa extraña partitura volvió a ser nada, sólo la contigüidad impasible de las cosas.
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