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Las ideas se me mueren, si estoy tranquila.
Y él, me renunció de mi trabajo.
Entró a la gran oficina, me arrancó el teléfono de la mano, lo tiró al piso, me levantó de mi escritorio, agarró mi piloto del perchero, me lo puso con esa violencia que a veces tiene el amor sobre los hombros mientras me miraba fijo en silencio, arrancó el matafuegos que colgaba junto a la sala de directorio, abrió la puerta, entró, le llenó la boca de polvo a mi jefe. Sin dejar simultáneamente de molerlo a patadas.
Afuera nevaba, y mis medias rojas iban a tono con su bicicleta. Me senté atrás; el frÃo me secaba los ojos; me dormà apoyada en su espalda. Los semáforos rojos entraban en coreografÃa sobre el blanco background: el matafuegos, su bicicleta, mis medias. Me desperté tomando café sentada en una mesa del bar Londres de la calle Rioja y Maipú, donde unimos nuestras vidas para siempre.
Y cuando volvimos a la nieve las vimos: todas nuestras ideas estaban derramadas en el piso sin posibilidad de reinserción social alguna.
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