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No hacia tanto tiempo desde la mañana en que habÃa cargado su bolso marrón y habÃa atravesado el cuarto, la puerta, la ciudad entera, sin siquiera pensar una vez en despedirse hasta llegar a la estación y tomar el micro. ¿Qué iba a decir? no, no podÃa despedirse, estaba segura de que era mejor callar. Se nos perdona y comprende mejor cuando silenciamos los verdaderos motivos de nuestras acciones que cuando los revelamos pensaba mientras ascendÃa al colectivo, cosas que nunca te dije, cosas que no te dije, cosas que no dije …repitió la frase modificándola, hasta que sintió sosas las palabras que se deformaban perdiendo musicalidad y sentido.
Pero las cosas no estaban mucho mejor ahora, perdida en ese pueblito (dos dÃas después serÃa otro y luego otro y otro más) atrapada en esa micro ciudad de lÃmites dudosos y azarosos vecinos. Además tenÃa un dolor de ovarios insoportable, se le retorcÃan las tripas y sentÃa un sudor frÃo y constante. Buscó el baño improvisado, entre la casilla del trapecista y dos árboles raquÃticos que se doblaban con el viento. Se miró en un espejo diminuto que alguien habÃa colgado en un costado para darle un aspecto más acogedor a ese cubÃculo espantoso. Estaba pálida. Se humedeció las manos y el rostro y salió tambaleándose con un andar de borracho viejo que intenta disimular el mareo.
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